ARENILLA

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marzo 5, 2022 Desactivado Por Diario de Comitan

Alejandro Molinari

CARTA A MARIANA, CON PETICIÓN DE UN DOMINGO

Querida Mariana: ¿alguna vez tu novio te ha pedido que le regalés tu domingo? A ver, aclaro un poco la idea. En mis años infantiles, mi papá metía la mano en la bolsa de su pantalón, sacaba una moneda de diez pesos, esa moneda era “mi domingo”. Esa moneda era mi pase al Cine Comitán, para la matiné, y mi pase al Cine Montebello, para la función cinematográfica de la tarde. Mi mamá colaboraba con otra monedita para los taquitos y el refresco, que compraba en el intermedio.

Pero no me refiero a esa clase de domingo, ¡no! Hablo del día domingo. La mayor prueba de amor es regalar el domingo a la persona amada. Antes, también en mi adolescencia, en las películas mexicanas que veía, el novio calenturiento le pedía a la novia “la prueba de amor”; es decir, que soltara el tesorito. En estos tiempos, la mayor prueba de amor es regalar el domingo, porque lo otro ya perdió esencia. Las chicas de hoy tienen otros modos de pensar y de comportarse. Las chicas de mi adolescencia se resistían, no pasaban de la manita sudada y, después de meses de noviazgo, daban besitos robados. ¿Ahora? Bueno, no entro en detalles, porque todo mundo sabe los comportamientos sexuales de los jóvenes del siglo XXI.

Por eso, ahora la mayor prueba de amor no es la entrega de la virginidad, sino la entrega de los domingos.

El tiempo es un invento humano. Las personas nos adaptamos a la convención de dividir la semana en siete días, tiempo que Dios dedicó en hacer el mundo (el universo, deberíamos corregir a los redactores de la Biblia). En estos tiempos todo mundo reconoce que la jornada laboral va de lunes a viernes, o de lunes a sábado en muchos casos, pero el domingo, el domingo es día de descanso; un poco como decir que es el día que nos pertenece en totalidad. De lunes a viernes o de lunes a sábado, la mayoría de seres humanos tiene hipotecadas las mañanas o tardes, incluso noches. Los niños acuden a la escuela, hacen operaciones matemáticas, cantan el himno, marchan, leen, escriben, soportan horas y horas sentados en pupitres duros; los muchachos universitarios realizan investigaciones de campo, dan auxilio a comunidades rurales, hacen tesis, entregan ensayos, filman videos, preparan exposiciones; los adultos acuden a los trabajos (mil y un trabajos), cortan cabello, lustran zapatos, confeccionan vestidos, elaboran programas de computación, invierten, venden casas, terrenos, dirigen equipos de fútbol, orquestas de concierto, limpian barras de cantina, manejan microbuses, pintan fachadas de casas, dan clases de inglés, ensayan en los pianos, sirven bebidas, se acuestan con hombres en los burdeles, tienen reuniones de alto nivel, visitan sus fábricas, construyen paredes, limpian sus parcelas, levantan la cosecha, tejen chambritas, reparten periódicos, diseñan revistas, dan misa, barren los parques, levantan basura, hacen inventarios, cocinan, lavan ropa. ¡Mil y una actividades! De lunes a viernes o de lunes a sábado, la mayoría de personas tiene hipotecada su vida.

Claro, hay empresas que laboran todos los días del año, y algunas personas deben cubrir los turnos del domingo, pensá en el servicio urbano, en la gente que atiende en los mercados, en los restaurantes, en los cafés, en las casetas de cobro de las autopistas, en los sanitarios públicos, en las salas de cine, en los hoteles, en los moteles, en las gasolineras, en la recolección de basura, en la atención del Internet. ¡Uf, mil actividades!

Pero la mayoría de empleados del mundo descansa el domingo. De todos los días de la semana, el domingo es el que está a nuestra disposición, del cual podemos disponer a plenitud.

El lunes suena el despertador muy temprano, hay que levantarse, porque hay una actividad obligatoria. ¡Nada de que hoy no voy! Hay que cumplir con la escuela, con el trabajo. En cambio, el domingo, el despertador no suena. Si alguien lo desea puede echar la fiaca un poco más, quedarse botado, leyendo, viendo la televisión, dando besitos a la pareja o escuchando música. Si no has escuchado y visto el video con la canción “Hoy es domingo”, de Diego Torres y Rubén Blades, te lo recomiendo. Rosalba me compartió este video en el WhatsApp, lo disfruté. Tiene un ritmo sensacional y las imágenes que presenta dan una mínima idea de cómo el día domingo es el día que nos reconcilia con la vida, que nos otorga sosiego, que nos retira del trasiego diario, que nos permite estar a ritmo de hamaca, de sentir el vuelo de mariposa, estar en “Modo de relajamiento”. En una parte de la canción de Diego Torres escuchamos: “el domingo se va a misa, por lo de lo espiritual. Se reúne la familia y amigos a celebrar”.

Sí, los creyentes destinan el domingo para acudir al templo. De niño iba con mis papás a la misa en Santo Domingo (como vivía a media cuadra del parque central, bastaba con cruzar el parque y caminar por una banqueta de la manzana de la discordia, que tiraron para la ampliación del parque, y llegaba al templo). Cumplido ese ritual, que como dice Rubén Blades, es “por lo de lo espiritual”, regresábamos a casa a desayunar tamalitos con chocolate, recibía mi domingo e iba a la matiné. Sólo los domingos había matiné en el cine; es decir, don Rafa Pascacio, dueño del cine, sabía que ese día era especial y decenas de chiquitíos y grandotes amábamos destinar nuestra mañana a vivir la magia del cine, con películas de vaqueros; de Tarzán, o de Santo, el enmascarado de plata. Antes de la pandemia, mi Paty y yo seguíamos con la maravillosa tradición de ir al cine en las mañanas del domingo, nos trepábamos a un colectivo, bajábamos en la Plaza y, mientras hacía fila para comprar las entradas, mi Paty hacía fila para comprar su refresco y la bolsa de palomitas. Eso hacíamos los domingos en la mañana. Amábamos ir a la sala de cine, aunque muchas veces nos tocaba ver películas bobas.

Muchas personas odian los domingos, están tan acostumbrados a la rutina laboral, que les hace falta el contacto con el escritorio, con la bitácora de supervisión, con las estadísticas, con los compañeros de trabajo, con las secretarias, con los jefes o subordinados, con el servicio al prójimo. Olvidan que el genio humano inventó el domingo para el sosiego, para el abrazo al espíritu individual; olvidan que después de seis días de chamba, Dios se recostó en una hamaca y descansó. ¡Dios! ¿Mirás? Dios descansó, como una muestra para que nosotros, simples mortales, dediquemos un día a consentirnos, a hacer lo que nos plazca.

Cada persona es dueña de su día de descanso, puede decidir en qué destinarlo, por eso, la máxima prueba de amor es regalar el domingo a la persona amada, porque, en muchos casos, los gustos son diferentes. En Comitán he visto a mujeres que odian el fútbol soccer, pero acompañan a sus hombres al partido, se sientan en el estadio, sacan una revista o un tejido y mientras sus parejas corren, fascinados, detrás de un balón, ellas están ahí y se levantan y gritan ¡gol! o se preocupan cuando los maridos o novios caen a mitad de cancha, porque recibieron una patada en la espinilla o un balonazo en sus partecitas íntimas.

En Comitán he visto a hombres que acompañan a sus mujeres a casa de los papás de ellas, cuando, si les dieran a elegir, preferirían estar con los amigos de cacería en el rancho o en los arrancones, por la pista cerca del Cresur.

Somos más de siete mil millones de seres humanos en el mundo, y cada uno de estos seres sabe que el domingo es un día especial. ¿Qué hacen los parisinos? ¿Cuántos acuden al Louvre? ¿Cuántos van al estadio? ¿Cuántos se sientan en una mesa de café al aire libre? ¿Cuántos leen una novela botados en el césped en un parque?

¿Qué hacen en Nueva York? ¿Cuántos van a Central Park? ¿Cuántos visitan el Guggenheim? ¿Cuántos suben al mirador del Empire State?

¿Qué hacen en Uninajab? ¿Qué en San Cristóbal de Las Casas? ¿Qué en Buenos Aires, Argentina? ¿Qué en Chacaljocom? ¿Qué en el Río Grande?

¿Qué hacés vos? ¿Qué dejarías de hacer si tu novio te pidiera que le regalaras tu domingo? ¿Pondrías tu domingo a disposición de él, como prueba máxima de amor?

Antes de la pandemia, mi Paty y yo íbamos al cine. Cuando la pandemia nos obligó a no ir a la sala cinematográfica, ella dejó de comer sus palomitas. Los días en casa se asemejan. Trabajo de lunes a sábado, procuro que el día domingo tenga un rostro diferente. El domingo, por ejemplo, arreglo una mesita al lado del ventanal de la sala, coloco un lienzo y pinto. Sí, ahora destino mis domingos a pintar o a ver videos musicales en la televisión. No pinto entre semana ni todos los días veo videos musicales. Estas actividades las destino al domingo, para que sean como ventanas distintas. La pintura me otorga paz interior; los videos son bobos, pero veo a muchachas bonitas, que mueven sus traseros como si la alegría de la vida se concentrara ahí. Hay videos que tienen una gran calidad de producción, están filmados en yates, playas, pent-houses, autos de lujo, ciudades prodigiosas, callejones indescifrables, bodegas insólitas, mujeres divinas.

Posdata: ¿qué te gusta hacer los domingos? En los años sesenta, en Comitán, la gente iba al cine por la tarde, y al salir, daba vueltas en el parque central. Era hermoso ver la multitud caminar del brazo o abrazados, platicando, riendo, como si la vida no fuera más que andar como animalitos en trapiche, como si todo fuera marcar un círculo afectuoso en convivencia.