ARENILLA

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julio 2, 2022 Desactivado Por Diario de Comitan

Alejandro Molinari

CARTA A MARIANA, CON UN SALÓN DE LA FAMA

Querida Mariana: esta foto se la robé a Aurorita. ¿La tomó en el Museo del Juguete? ¡No! La tomó en el Salón de la Fama que crearon los muchachos de la generación 1969 – 1972 de secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz.

Ya te conté que estos muchachos se reunieron en junio de 2022, en Comitán, y celebraron el cincuentenario de su generación durante tres días.

En esos días realizaron una serie de actos celebratorios, actos geniales. Uno de ellos fue, sin duda, la presentación del Salón de la Fama.

Ah, estos muchachos son geniales. Vos y yo sabemos que en las grandes ciudades existen espacios que honran a deportistas, por ejemplo. Los grandes del deporte mundial son reconocidos y, en ceremonia especial, son admitidos en el Salón de la Fama, casi casi como los artistas reciben su estrella en el Paseo de la Fama, en Hollywood.

¿Mirás qué grandeza de miras? Los más grandes del deporte y del espectáculo son reconocidos. Estos muchachos advirtieron su grandeza y formaron su Salón de la Fama, en una casa particular y ahí cada uno de ellos colocó, sobre mesas, fotografías y objetos que son síntesis suprema de lo que han hecho en sus vidas.

A mí se me hizo (se me hace) una idea maravillosa y una realización admirable. Muchos de estos muchachos dejaron de verse durante mucho tiempo, otros siguieron viéndose, pero ahora, tuvieron la oportunidad de reconocerse y de admirar lo que cada uno de ellos es. No son los grandes deportistas, sus nombres jamás estarán en el gran Salón de la Fama donde sí están Cassius Clay o el Toro Valenzuela; no son los grandes artistas, ellos no tendrán su estrella en el Paseo de la Fama, al lado de Michael Jackson, Marilyn Monroe, Bill Cosby o nuestro paisano Del Toro. ¡No! Pero, ah, qué dignidad, un día de junio de 2022 acudieron al Salón de la Fama, donde cada uno de ellos se reconoció en su sencilla grandeza. Fue la respuesta a la pregunta: ¿Y qué has hecho con tu vida? Abrir la ventana y hallar la respuesta en el aire donde la mariposa, lejos de famas banales, vuela con libertad suprema.

Cada uno colocó objetos que sintetizan su vida. El esfuerzo realizado cada día durante cincuenta años estuvo reflejado en las fotografías y documentos. Lo que permanece en modestas vitrinas en casas fue compartido. La enormidad de este acto es que fue un reconocimiento que ellos le hicieron a la vida, a los sueños, a los esfuerzos, al destino.

Hubo fotografías diversas. Estas fotos hicieron un recorrido instantáneo en el lapso de cincuenta años. Esto fuimos, ¡esto somos! ¡Esto seremos! Estrellas infinitas.

¿Imaginás lo que significa reflexionar en los sucesos ocurridos a lo largo de cincuenta años? Vos sos joven, apenas andás en el caminito que va de los veinte a los treinta años de edad, ya un poco más allá de la mitad, ya casi acercándose al punto donde comenzará la cinta de treinta a cuarenta años, pero sos joven. Estos muchachos ya rebasaron la aduana de los sesenta años, caminan por la banda de los sesenta a los setenta años de edad. Pero, ya lo dice la sentencia popular en forma simpática: “viejos los cerros y todavía echan palitos”. Estos muchachos, de sesenta y más, demostraron un entusiasmo juvenil digno de elogio. Se reunieron, disfrutaron, convivieron y, una tarde, visitaron el Salón de la Fama y ahí hallaron objetos que fueron la síntesis de vidas admirables, con instantes gozosos, difíciles, dolorosos, pero todos vividos con entereza. Cada uno de esos objetos fue el testimonio de huellas indelebles, muestra de que, como dice el poeta, hicieron camino al andar.

Esas fotografías hablaron: mirá, hace cincuenta años no tenía novia, ahora acá está mi esposa y mis hijos, mis hijos ya son profesionistas exitosos, van construyendo sus sueños. Sí. Lo sabemos, formar una familia no es cosa sencilla, es una empresa que puede compararse con el ascenso al Everest. Durante muchos años se evaden las grietas y los aludes que aparecen en forma frecuente y amenazan con echar todo bajo toneladas de hielo.

Esas fotografías hablaron: tengo una empresa que fabrica quesos, probá. Ah, qué rico sabor. Tengo una empresa que fabrica chocolates con cacao chiapaneco. ¡Qué delicia!

Los objetos fueron muestra de lo sublime en la sencillez de la vida. Por eso, comparto con vos esta fotografía que le robé a Aurorita: cinco muñequitas en sus estuches. ¿Mirás? Este Salón de la Fama fue un hermoso vitral, como en museo, como en tienda selecta. Los muchachos se pararon frente a estas muñequitas y, de inmediato, sus mentes y corazones recibieron el flechazo de energía. ¡Sí, sí, es el uniforme de gala que usaron las muchachas en los desfiles! Ah, la imagen de los estudiantes del Colegio era un distintivo exclusivo. En esos años, los desfiles eran apreciados por la comunidad y las personas vitoreaban el paso de los estudiantes del Colegio Regina; de la Escuela Secundaria y Preparatoria; del Colegio Mariano N. Ruiz. Una integrante de la generación vistió estas muñecas con el distinguido uniforme de gala que las chicas usaron. La falda, tableada, color marfil y el saco con ese tono de azul grisáceo majestuoso. Ah, qué maravilla. Sí, ese uniforme estuvo también expuesto en el Salón de la Fama. Una vez te conté que los varones de secundaria del colegio acudíamos a la sastrería de don Guillermo Villatoro, quien nos tomaba las medidas y diseñaba el uniforme que tenía los mismos tonos, en una tela exclusiva, todo era selecto. No sé quién era la modista para el uniforme de las chicas, pero imagino que también era exclusiva. Hoy no es así, existen negocios que ya venden los uniformes escolares a granel. Esta generación tuvo el privilegio de acudir con los mejores sastres y modistas de Comitán para que, como si estuvieran en una tienda exclusiva de Hollywood, les tomaran medidas e hicieran uniformes a su medida. Eso era notorio.

Esos tiempos fueron gloriosos, porque a Comitán llegó la moda de los chavos setenteros. Las chicas fueron seducidas por la minifalda y nosotros aplaudimos su decisión. El padre Carlos no permitía que la falda fuera muy corta. Seguía la prédica del maestro Mariano N. Ruiz, quien era muy estricto y tenía el siguiente letrero en su consultorio dental: “Falda corta, precios largos; falda larga, precios cortos”. Frase sensacional, ¿no? Si venís rabona pagarás más. El padre, en el aula, contaba que, en una ocasión, una chica que mostraba los muslos un poquito de más justificó el largo de su falda con lo siguiente: “quien no muestra no vende, padre”, y el padre respondió: Pero la que enseña mucho lo caga la mosca.

Las chicas de ese tiempo, jóvenes, recibieron con agrado la minifalda, rasgo que los varones aplaudimos. Acá, en estas muñequitas se ve que la falda está por encima de la rodilla, ese largo era lo permitido. Cuando terminaba un desfile, algunas muchachas entraban al sanitario y doblaban la cintura de la falda, para que, oh, maravilla, el largo quedara un poco más arriba, un tantito.

Esto y mucho más hubo en el Salón de la Fama de la gloriosa Generación 1969 – 1972 de Secundaria, del Colegio Mariano N. Ruiz.

Todos estuvieron en ese Salón, porque todos estos muchachos son exitosos. Algunos han tenido currículos más visibles que otros, pero todas estas vidas han sido tocadas con la flama divina. Celebraron en grupo cincuenta años después, volvieron a reunirse y supieron que ellos, igual que Sylvester Stallone o Eugenio Derbez tienen una estrella en el corredor de una casa comiteca. Esto fuimos, esto somos, ¡esto seremos! Gloria infinita.

No me canso de aplaudir esta iniciativa.

Cincuenta años después de ser alumnos se mostraron como maestros. Con generosidad se obsequiaron enseñanzas entre ellos y dejaron un legado para futuras generaciones. Con el Salón de la Fama señalaron que este término no está sembrado sólo en medio de escenarios llenos de reflectores, ni mucho menos en parcelas doradas. Según el diccionario, la fama, en primer término, es el reconocimiento de cualidades hacia una persona por parte de muchas; pero, en segundo término, la fama es la opinión que una persona tiene acerca de otra. Por eso, a veces escuchamos que alguien tiene buena fama. Es como un compendio de rasgos personales, que pueden ser buenos o malos. Por eso aplaudo a este grupo de muchachos, le quitaron el brillo de oro de otros espacios y su Salón de la Fama retomó esta segunda acepción: la del reconocimiento de vidas entregadas al desarrollo personal. Se reconocieron como seres humanos frágiles pero poderosos. Cada uno, en su parcela particular, ha sembrado luz y ha logrado que la sociedad sea más afectuosa. Fue maravilloso constatar que ellos se sienten orgullosos de su colegio y el Colegio Mariano N. Ruiz se siente orgulloso de cada uno de ellos.

Posdata: hay personas que tienen calles con sus nombres o estrellas en el Paseo de la Fama, en Hollywood. Mi amigo Efraín honró a sus papás, cuando cumplieron cuarenta años de casados invitó a la develación de una placa en el jardín de la casa: “Avenida Marthita y Jaime”, en un sendero con ladrillos en medio de macizos de flores y arbolitos hijos de la lluvia. No se necesita más para reconocer las vidas, los esfuerzos, los mínimos talentos. El artista Arturo Peniche dice que es una persona ordinaria con una profesión extraordinaria. Los muchachos de esta generación nos dijeron que todas las vidas pueden ser vidas extraordinarias. El lema del Colegio Mariano N. Ruiz también reafirma eso: hacemos las cosas ordinarias de manera extraordinaria.