ARENILLA

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mayo 7, 2022 Desactivado Por Diario de Comitan

Alejandro Molinari

CARTA A MARIANA, DONDE SE CUENTA DEL COMITÁN QUE CONTÓ DOÑA LOLITA (cuarta parte)

Querida Mariana: doña Lolita Albores, amada cronista de Comitán, escribió cómo era Comitán en 1948. ¿Mirás cuántos años han pasado desde entonces? Comitán se ha transformado. ¿Cuál fue el inicio de la transformación? Mirá qué dice doña Lolita:

“En ese año llegaron las compañías constructoras de caminos El Águila y La Azteca. El cambio fue notorio. Llegó el progreso y llegaron con él nuevas costumbres. Se hizo ya fácil el traslado de materiales de construcción y muebles de baño como excusados de tipo inglés, lavabos, supliendo al excusado de madera con hoyos y el aguamanil de fierro o madera con su vasija y jarra de peltre o porcelana; después estufas, refrigeradores, dejaron atrás a los fogones de leña o de hornillas; materiales de construcción como la varilla, cemento, mosaicos y azulejos sustituyeron a los adobes, ladrillos y tejas de barro; poco a poco el tipo de construcción fue cambiando, las puertas de madera se cambiaron por rejas de fierro, soleras por cornisas. Posteriormente casas de dos pisos y muebles modernos. Se cambiaron las camas de latón o de madera por box spring, el confidente y mecedoras de junco por pullmans, los roperos de luna por closets”.

Lo que cuenta doña Lolita es preciso. Es un tesoro contar con su testimonio de vida. Doña Lolita nació en 1918; es decir, en 1948 tenía la edad de treinta años. ¿Por qué saco esta cuenta? Porque permite darnos una idea de que doña Lolita ya tenía una edad suficiente para advertir los cambios que se dieron a partir de la llegada de dos compañías constructoras: El Águila y la Azteca fueron las dos empresas encargadas de realizar la carretera que hoy llamamos Carretera Panamericana. En el Internet hallé que esta carretera une todo el continente americano, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Uf. Miles y miles de kilómetros. Claro, esta carretera tiene diferencias, no es lo mismo conducir por una carretera de Estados Unidos de Norteamérica o Canadá, que en una carretera de México o de Centroamérica; ni es lo mismo conducir en una carretera del norte del país que por nuestra zona. Hay diferencias, notables diferencias.

Doña Lolita dice que dos compañías llegaron en 1948 a Comitán e iniciaron los trabajos para unir Comitán con San Cristóbal y con Guatemala. Antes de ese año, Comitán permanecía prácticamente incomunicado. El trazo carretero se hizo y, en los años cincuenta, gente del pueblo pudo viajar y gente de fuera pudo llegar. El Comitán cerrado se abrió y el intercambio cultural se dio, a partir de ese tiempo hasta la fecha. En el censo de 1950 se advierte que Comitán tenía una población de 25 mil habitantes, más o menos.  En setenta años, la población ha pasado de esa cifra a más de 120 mil.

Doña Lolita dice que con el trazo de la carretera llegó “el progreso y nuevas costumbres”. Siempre es así el proceso de aculturación. El Comitán tranquilo, afectuoso, donde todo mundo se conocía, se vio inmerso en un movimiento nunca imaginado. En estos tiempos sí podemos imaginar la avalancha humana que se dio, porque los ingenieros y otras personas de la industria de la construcción llegaron al pueblo y comenzaron a tener conocidos y amigos. No faltaron los constructores que vieron con buenos ojos a las comitecas y éstas se codearon, se dieron señales con los ojos, para que las amigas vieran a los visitantes. Estas personas traían otro tipo de costumbres. Comitán recibió los primeros intercambios culturales y mirá lo que ahora somos. En el pueblo radican muchas personas de otras partes de Chiapas, de otros estados de la república y de otras naciones. Hoy, Comitán es un tachilgüil cultural riquísimo. Gracias a Dios una mayoría aporta luz al pueblo.

Las costumbres y tradiciones comenzaron a modificarse. En el texto de doña Lolita leemos que ella puntualiza la modificación de muebles de baño. Ya comentamos que antes no existía el sistema de drenaje, los sanitarios se colocaban en el sitio de las casas, “excusados de madera con hoyos”, con fosas sépticas; pero en otros casos los desechos quedaban expuestos al aire libre, eran alimento de un cuch que ahí rondaba.

El progreso llegó, dice nuestra amada cronista, y los comitecos ya usaron excusados tipo inglés. ¡Oh! La tía Petra, siempre ingeniosa y pícara, decía que desde entonces su tutís se echaba soplados con la erre arrastrada. En la Casa Museo Belisario Domínguez estaba en exhibición un aguamanil de madera con vasija y jarra. El aguamanil estaba en uno de los corredores y era el chunche que usaban para lavarse por las mañanas. Tal vez has visto alguna fotografía donde está un abuelo rasurándose, tiene un espejito colgado en la pared y en la vasija está el agua jabonosa. Ahora medio mundo masculino se rasura frente al espejo del sanitario y lo hace con rastrillos desechables. El llamado “progreso” posee esa característica: lo desechable es parte de su naturaleza. En el año 1948, del que habla doña Lolita, los pañales de las criaturitas eran de tela, cada vez que la bendición hacía caquita, la mamá lavaba el pañal, lo ponía a secar y quedaba listo para la siguiente evacuación. ¿Ahora? Pañales desechables, montañas de pañales sucios. Es penoso, pero muchas mamás cambian el pañal a sus pichitos y lo tiran en cualquier esquina.  ¿Y las toallas sanitarias que usan las chicas? Antes, las mujeres también usaban pañitos de tela que eran reutilizables. Las chicas actuales reconocen la bendición del progreso, ya no lavan trapitos, ahora “se sienten seguras, con Kótex nocturna con alas”.

“Las puertas de madera se cambiaron por rejas de fierro”. Una palabra que aparece en forma reiterada en el fragmento del texto de doña Lolita es ¡cambio! A raíz de la apertura de la Carretera Panamericana, las modificaciones comenzaron a darse. Una parte importante fue el cambio que se dio en los procesos constructivos de las casas, los nuevos materiales reemplazaron a los tradicionales: “la varilla, cemento, mosaicos y azulejos sustituyeron a los adobes, ladrillos y tejas de barro”. Como en cualquier trueque hubo ganancias y pérdidas. ¿Qué ganó Comitán con la llegada del progreso? ¿Qué perdió al abandonar su tradición? Vos vivís en una casa moderna, hecha con varilla, cemento, mosaicos y azulejos, pero la casa de tu abuela, con sus maravillosos corredores de ladrillo, aún tiene teja en su techumbre, todavía conserva el maravilloso sitio (traspatio) donde crecen árboles frutales. Perdimos mucho, ganamos mucho. Hoy, no sólo estamos comunicados con las demás ciudades de América a través de la carretera, también tenemos el mundo en nuestras manos, gracias a los chunches tecnológicos. La globalización ha eliminado fronteras. Vos trepás a tu auto y, a velocidad moderada, en una hora estás en la maravillosa San Cristóbal de Las Casas, o en veinte minutos en la prodigiosa La Trinitaria; a través de un solo clic podés viajar a cualquier lugar del mundo en Google Maps. Ah, estos avances jamás los soñaron los comitecos de los años cuarenta; pero, en estos tiempos la placidez y tranquilidad de aquellos años han desaparecido, sólo son un referente de nostalgia para quienes vivieron esas épocas o para quienes leemos las crónicas de doña Lolita y demás textos que escribieron talentosos intelectuales de nuestro pueblo.

Pero el cambio no sólo fue material, ¡no!, también se modificó nuestro carácter. Por fortuna, aún conservamos elementos de la personalidad del pueblo, pero otros pilares esenciales se extraviaron en el tiempo. Cada cambio material propició un cambio de costumbre. Con eso, nuestros rasgos culturales se modificaron. Pensá en el lenguaje, extraviamos palabras, mientras nos apropiamos de otras. ¿Quién de los muchachos de hoy menciona la palabra aguamanil? Nadie. Es una palabra que nos quedó a los mayores, pero, así como desapareció el aguamanil que estaba en los corredores de la casa, así desaparecerá un día la palabra, sólo será una palabra empolvada en los libros y en esta carta.

Un día le pregunté a la tía Alicia cuál era uno de sus mejores recuerdos de niña. No dudó, de inmediato me dijo que las pláticas que tenía con su abuelita. Ah, qué bonita imagen se formó en mi mente. La niña sentada al lado de la abuelita, en el corredor de la casa… No, no, dos segundos después la imagen explotó y apareció la que tía Alicia me describía: ella, sentada en una esquina en el baño de madera de hoyo, mientras su abuelita, sentada en el otro extremo, donde había huecos más grandes, hacía necesidades fisiológicas y le contaba anécdotas del pueblo. ¡Dios mío!

Posdata: hoy entiendo a la tía Alicia. Ella, muchachita, disfrutaba ese instante donde compartía el “común” con su abuelita, ahí estaban en un espacio de intimidad. ¿Antihigiénico? No sé. A veces me produce escozor mental entrar a un sanitario público, donde están ocupados diez gabinetes.

Perdón, querida mía, no quiero terminar esta carta metido en un baño. Salgo a la calle, a la plaza, veo el cielo de Comitán y agradezco las crónicas de doña Lolita. Ellas nos permiten acercarnos a un Comitán que ya sólo está en la memoria, que es fruto del árbol de la nostalgia.